Los lapsos del verano

El acordeonista en el pasillo (EVE'12)Como sabéis -porque habéis estado, porque os lo han contado o porque os lo imagináis cada vez que echáis un vistazo a nuestros cuadernos de bitácora- en la EVE todo va rodado y no hay tiempo para limbos ni babias. Tocan diana muy pronto por la mañana y, después de desayunar, hay que despertar también a los instrumentos, acudir a las clases, ensayar con la orquesta… Y para cuando te quieres dar cuenta, es ya la hora de comer. Medio día ha pasado y aún quedan grandes momentos.

La tarde comienza con la reunión en el árbol -la gran asamblea, ritual de rituales…- y los talleres -un rato de calma y manualidades creativas-, continúa con la merienda -normalmente sencilla y frugal, nada de lujos…-, y termina con los “servicios” -tareas diversas que hacemos entre todos y que ayudan a que la EVE funcione mejor (ahí está, por ejemplo, nuestra bitácora)-. La cena, igual que la comida, se abre con un breve entremés musical interpretado por alguna agrupación reunida para la ocasión, y ya el día declina hacia los preparativos de la velada, siempre llena de sorpresas: ¡Que comience el espectáculo!

Y este es sólo el aspecto de una jornada normal en el campamento, porque también las habrá especiales: el día de la música, la excursión, el gran concierto final… Lo raro, y no veáis que mérito tiene la cosa, es que, entre las costuras de tanta actividad programada, a través de las grietas que inadvertidamente se dibujan en la lisura de las horas, se pueden encontrar momentos de súbita concentración, de preparación a solas de pequeños detalles, musicales o no, instantes para fijar lo aprendido, para adentrarse fugazmente en el instrumento, para pensar. Tomar aire, para después poder dar. Si uno aguza el oído y el resto de los sentidos, puede ser testigo ocasional de estos lapsos en cualquier parte: en la habitación, en los pasillos, bajo los árboles. Y esos minutos, a menudo, valen un mundo. Valen una EVE.