Música y naturaleza en la escuela

Los vínculos de la música con la naturaleza hunden sus dedos en la noche de los tiempos. Ese era, es y será su origen y destino. Antes de que un humano se decidiera a llevar a cabo algo parecido a la música, los pájaros proferían sus cantos y reclamos que recorrían sin fin el bosque y las dehesas. En su búsqueda, a la búsqueda de esas ancestrales raíces de lo musical, se embarcaron la segunda semana de julio un pequeño grupo de valientes alumnos de la escuela. La primera hornada de una recién estrenada experiencia estival que promete repetirse y ampliarse en cursos venideros: La escuela en verano. Una semana que dio para mucho: pintar, aguzar el oído, montar piezas, salir al encuentro de lo vivo.

Estudiando los reclamos
Tiempo para hacer música

Las obras de Stravinsky, Messiaen y Vivaldi sirvieron como toma de contacto con lo que compositores de otros tiempos consideraron que era el espíritu de la naturaleza, el punto de unión entre ella y sus respectivos lenguajes musicales. Un viaje sonoro hacia los rituales de la primavera y el canto de los pájaros. De ahí, de aunar escucha y gesto, salió una pintura que podréis ver el próximo curso expuesta en alguno de los espacios de la escuela. Aquí os adelantamos parte del proceso y del resultado:

Tras estudiar los cantos de algunos pájaros y escuchar sus llamativos reclamos en el aula -y probar a escribirlos en forma de notación musical, que tiene su trabajo la cosa…-, nos considerábamos preparados para dar el salto y buscarlos en la propia naturaleza. El entorno del río Tormes fue el enclave húmedo y frondoso que elegimos para asomar nuestra cabecita y oír y ver todo en directo. En sendas mañanas, y de la mano de ornitólogos expertos y entusiastas como Vicente y Torcuato -a quienes agradecemos aquí su paciencia, su cercanía y sus esmeradas enseñanzas- pudimos ver, oír y tocar aves comunes y no tan comunes, y conocer plantas que viven en nuestro entorno y que, a menudo, nos pasan tan desapercibidas (no tengo palabras para describir la cara de nuestros alumnos cuando, de una de las bolsas que Vicente había colgado de la rama de un árbol cercano, vieron salir un atolondrado pajarillo que él sujetaba entre sus dedos y pasaba a reconocer, pesar, medir y anillar; y fue así con casi dos decenas más de pequeños moradores del aire tormesino… Estoy convencido de que esa noche todos soñamos con pájaros).

Y así fue como nos adentramos en el verano y sus espacios, unos espacios que de ahora en adelante nos hablarán y de los que a buen seguro sabremos extraer más jugo. Definitivamente, nuestro mundo se ha hecho más grande. Esa era la idea, y ese será el plan para los años venideros. Estad atentos. Abrid los oídos…