“No es un verdadero viernes”

Era viernes, el día del bullicio y el trasiego interminable en la escuela. Instrumentistas acarreando chelos y contrabajos, haciendo y deshaciendo balumbas de fundas y atriles, otros formando corrillos en el vestíbulo, en el patio, en el pasaje, los coros agrupándose y disolviéndose, profesores moviendo sillas y mesas… Día de intenso movimiento siempre en la escuela. 

Aquel viernes 13 de marzo sólo había fantasmas, recuerdos de aquellas ruidosas algazaras, todo eso había quedado suspendido, y los pasillos y aulas estaban vacíos, en silencio. Recuerdo que me quedé el último, repasé el piso de arriba y el de abajo antes de cerrar y, con un nudo en la garganta, saqué el móvil del bolsillo e hice una foto a una de las clases. Todo era sin nadie. El silencio era atronador. No sólo por la diferencia respecto a un viernes clásico, sino porque se había decretado el estado de alarma que llevaría al país al confinamiento masivo y nadie sabía qué iba a pasar ¿cuándo volvería a abrirse esa puerta que yo cerraba ahora cabizbajo en las postrimerías del invierno?

El pasado día 2, como todos los viernes primeros de octubre, las agrupaciones de instrumento y los coros volvían a citarse en la escuela seis meses después de aquel cierre forzoso. Condicionados por las nuevas medidas de prevención de contagios, los grupos habían de ser más pequeños, la voz expresaría sus melodías a través del tejido de las mascarillas y la circulación en el interior del edificio debía seguir un flujo concreto. Estábamos contentos de volver a juntarnos, estábamos ansiosos por recuperar el trabajo en grupo y todo funcionó de maravilla, como un reloj. Satisfechos y tranquilos abandonamos la escuela, rumbo al descanso del fin de semana. Nada se había descontrolado y la feroz trápala de los viernes de antaño había quedado reducida a un discreto entrar y salir de alumnos, y a la música forzosamente de cámara que desmadejaba sus hilos por aulas y pasillos. Rumbo a la calle, mi hijo Darío vio mi sonrisa aliviada y apostilló, por si yo no había caído en la cuenta: “No es un verdadero viernes”. Y no, no lo era. Pero que aquel y los viernes venideros no sean “verdaderos” es nuestra apuesta del momento. Haber recuperado aquella afanosa locura de ires y venires, de carreras y albórbolas descontroladas habría supuesto un fracaso en estos tiempos, por mucho que lo echemos de menos, por mucho que soñemos en un día en el que la distancia dé igual, en el que no tengamos que contarnos con los dedos de las manos. 

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