La línea quebrada

Ha pasado tiempo. Parapetados ahora en las planicies del calor imparable del verano, dormitamos en un atisbo de descanso y, entreabriendo brevemente los ojos, alcanzamos a recordar el pasado reciente, y el no tan reciente, dejándonos llevar hacia atrás en una ruleta en la que pasan las semanas, los meses, y hasta la muralla de los años.

Las colosales cesuras y las diminutas, las que nos obligaron a cerrar, y las que fueron sólo unos días de receso estacional, nos vienen a la mente como pequeñas brechas, silencios, límites. Así en el dibujo de uno de nuestros alumnos, donde la palabra que da nombre a nuestra escuela, aparece desgajada: SIRI-NX. Palabra que alcanza a vivir en dos líneas, palabra que continúa. La pintura, naciendo de esa mano ensimismada que se topó con el límite del papel, cambió de renglón, y terminó su obra. En la lejanía se deja leer, y en la cabeza suena “Sirinx”, rotunda y natural, como si no hubiera otra manera de ponerla ahí.

Y de este modo nos asaltaron las pausas, unas traumáticas -el confinamiento total-, otras necesarias -los días de vacaciones-, otras cronológicas -el cambio de curso-. Cesuras, silencios, paradas que no interrumpen nada, como en la palabra rota, que lucen una fractura en la costra del tiempo bajo la cual fluye una corriente, la nuestra, la vuestra, la de la música haciéndose desde lo ínfimo, desde la germinación de los primeros años hasta la explosión creativa del futuro por sonar. Y así es como el título se rompe, pero permanece entero: “SIRINX”, en una línea. Qué bueno aquel dibujo, aquellos corazones…